La madrugada del día de hoy ocurrió en Caracas, la capital de Venezuela un hecho inédito, del que varios miembros del régimen —o dictadura— chavista en Venezuela, llevaban años advirtiendo, una escalada que terminó en un ataque militar de parte de los Estados Unidos al país sudamericano.

En apenas un par de horas, miembros de la Armada estadounidense y sus fuerzas especiales lograron la ‘extracción’ del líder del chavismo, Nicolás Maduro Moros. Muchos, en redes sociales estallaron en euforia, minutos después de que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump publicara a través de su propia red social ‘Truth Social‘ y confirmara que el comando enviado apenas unas horas antes a la capital venezolana se había hecho con el poder de Maduro y su esposa Celia Flores; mientras que otros tantos estallaron en cólera al condenar una invasión estadounidense en América Latina. Versiones encontradas.

Sin duda, es bien sabido que generalmente, luego de la intervención militar, no solo de los Estados Unidos, sino de cualquier potencia extranjera en un país, ya sea en vías de desarrollo o del propio ‘tercer mundo’; normalmente termina en una crisis de cualquier tipo, ya sea política, económica, humanitaria, de seguridad o en una mezcla de todas o varias de las anteriormente mencionadas, el ataque estadounidense a Venezuela nos envía dos claros mensajes:

  1. El gobierno de Trump sin duda está dispuesto a seguir la política clásica de los Estados Unidos de intervenir en situaciones que no se logran remediar mediante acuerdos diplomáticos, aunque sin tener una presencia larga como lo significaron para Estados Unidos su larga estadía en Vietnam o Afganistán, las cuales, fueron vistas como derrotas morales.
  2. En el mismo sentido, es claro que existe un marcado interés de la Casa Blanca y de Washington en la política de América Latina, como no se veía desde la administración de George H. W. Bush (1989-1993), aunque aún sin los matices que se vieron en la administración Reagan (1980-1989).

Por otra parte, aún puede ser pronto para hablar ya sea de una Venezuela libre o de una crisis humanitaria ocasionada por este ataque; quizás inclusive falte mucho para ver el fin o la caída del régimen chavista, debido a que si bien, hoy, Maduro ya no está, aún continúan ahí otros más de la primera línea del oficialismo como la vicepresidente Delcy Rodríguez, el ministro del Interior, Diosdado Cabello o el ministro de la Defensa Vladimir Padrino López, tal y como ocurrió en 2013 luego de la muerte de Hugo Chávez.

De 2013 —año en que murió el comandante Hugo Chávez— han pasado muchas cosas en una Venezuela que ha visto agudizarse como nunca la crisis económica, y que a la par de dicha crisis vio un éxodo masivo en el que prácticamente un tercio de su población —algo así como poco más de 9 millones de personas— tuvo que abandonar su país a consecuencia de la hambruna, el desempleo, la pobreza y la corrupción.

Quizás, valga la pena remembrar un poco ese andar de doce años de chavismo en manos de Maduro, en donde hubo tres elecciones presidenciales —todas ganadas por Maduro— en donde la oposición acusó al régimen de fraude electoral; otra más, en 2015, de corte legislativo en la que la victoria de la oposición fue tan contundente que, al régimen no le quedó de otra más que gobernar de la mano de una Asamblea Nacional de mayoría opositora. Por otra parte, han pasado crisis, hambrunas, sanciones económicas, protestas, crisis políticas —como la de 2019, en donde Juan Guaidó, en su papel como presidente de la Asamblea Nacional y ateniéndose a la Constitución de 1999, redactada por los chavistas, reclamaba para sí el poder presidencial—, así como cientos de crímenes de lesa humanidad, secuestros, desapariciones y en encarcelamiento de poco más de 900 presos políticos, según datos de Foro Penal.

Por supuesto que no debe celebrarse una intervención extranjera, ni de Estados Unidos ni de ningún otro país en cualquier nación soberana, y por supuesto que el caso de Maduro es muy diferente al del general Manuel Antonio Noriega de Panamá acaecido —irónicamente— el 3 de enero de 1990, y es meramente preocupante que se tenga que utilizar la fuerza para hacer salir a lo que fácilmente puede considerarse como un dictador, quizás hoy cientos de miles o quizás, millones de venezolanos deberán estar celebrando desde el exilio que están a un, quizás pequeño, paso de poder volver a casa, cosa que se antoja más complicada para miles de exiliados cubanos o nicaragüenses que jamás han logrado ver a sus propios sátrapas caer.

Por otra parte, también queda más que claro que al régimen chavista no le sirvió de mucho hipotecar su nación y sus bastos recursos naturales a potencia como China, Rusia o Irán, quienes no se apersonaron a prestar ninguna clase de ayuda o asistencia a Maduro o su círculo más cercano, y que por el contrario solo se limitaron a ‘condenar’ el ataque o ‘exigir’ a Trump la pronta liberación de Maduro. Vaya, ni sus aliados en Cuba o sus pocos aliados partidistas —ojo, no de gobierno— en Brasil, Chile, Colombia, Bolivia o México les hayan asistido.

Asimismo, al parecer queda un poco claro, ante el desorden, en el que tal vez inicialmente, el régimen no podía confirmar si Maduro había sido llevado fuera de Venezuela por elementos del Ejército de los Estados Unidos, que lo que impera en el régimen es la improvisación y la desorganización, y esa, en un gobierno claro que logra destruir cualquier país, por más pujante, vivo o fuerte que este sea, más si hablamos de un régimen que lleva enquistado al poder, poco más de 25 años.

Obviamente, son igual de preocupantes, algunas de las declaraciones dadas por el propio Trump desde su residencia en Mar-A-Lago en Florida; en donde se ha referido que Estados Unidos estará y administrará Venezuela hasta que se logre un gobierno de transición que dé orden y que a la par las empresas petroleras estadounidenses empezarán a administrar el petróleo venezolano —recordemos que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo en el mundo— para generar ‘mucho dinero’.

Sin duda, en momentos como este, y esperando que Venezuela no signifique una crisis regional fuerte, lo más acertado que pueden hacer, por una parte, los Estados Unidos es no apostar por más escaladas militares y buscar, mediante la diplomacia, una transición democrática ordenada y elecciones libres en donde el pueblo venezolano pueda decidir, ahora sí, libremente y sin miedo su futuro, algo que al menos desde 2007 les ha sido negado en más de una ocasión; mientras que, a los pocos líderes chavistas, aceptar que el ciclo de la autodenominada ‘Revolución Bolivariana’ ha terminado, y se ha traducido en un fracaso de dimensiones mayúsculas.